
Qué difícil es quedarse con las cosas tal como son.

¿Pero si nos pudiéramos quedar, qué encontraríamos en ello? Generalmente pensamos en nosotros como si fuéramos partes y vamos señalamos algunos aspectos que queremos desechar, o creemos que la solución es ir del punto A al B, siendo el punto B el más deseable. Pero podemos decir que no somos solo una parte de la situación que nos aqueja, somos la situación entera.
¿Por qué nos cuesta tanto trabajo lanzarnos a la incertidumbre y nos obsesionamos con la búsqueda de certezas? Ciertamente, quedarse con las cosas tal como están siendo conlleva un riesgo, pero también abre un horizonte de posibilidades. Si no sabemos de antemano lo que debe ser, nos otorgamos el permiso de sorprendernos con lo que aparezca. Sin embargo, habitar el "no saber" puede resultar abrumador.
La idea que nos hacemos de la vida no es la vida misma; nuestro conocimiento jamás alcanzará a abarcar todo lo que la experiencia comprende. De esa brecha nace, en gran medida, el sentimiento de insuficiencia que acompaña a tantas personas: insistimos en que la realidad se acomode a la idea previa que tenemos de nosotros mismos. Cuando algo se sale de lo esperado, resulta casi imposible mirarlo fuera de los parámetros rígidos que nos hemos construido.
Por eso resulta tan fundamental en terapia no precipitarse a mover a la persona hacia otro lugar. El acto verdaderamente terapéutico consiste en quedarnos quietos un momento y comprender juntos cómo es para ella o él estar ahí, en ese momento presente.
Como señala Spinelli (2025), si pretendemos enfocar el cambio en un aspecto aislado de la persona, terminaremos impactando la totalidad de su ser. Cuando intentamos erradicar un problema o un rasgo indeseable, es imposible prever el alcance de ese movimiento. Ninguna dificultad puede contemplarse en solitario, pues esa supuesta "falla" podría estar sosteniendo toda la estructura del paciente, incluidos aquellos aspectos que valora y desea conservar de su manera de ser. Visto así, cada problema que se presenta es también un intento de solución.
La mirada relacional nos lleva a comprender que una parte no solo afecta a las demás, sino que es en función del todo (Spinelli, 2025). Es como pretender aislar un grano de arena y comprenderlo en su individualidad: es un grano, sí, pero es arena también.
Hay quienes sostienen que la única terapia válida es la orientada a objetivos, afirmando con cierto desdén que en otros enfoques solo se va a conversar. Cabría preguntarse qué entienden verdaderamente por conversar. Recuerdo a un adolescente en orientación que me contaba cómo su terapeuta le decía que con él «hablar ya no funcionaba» y que debía pasar a la acción: si no quería ir a la escuela, la indicación era pegar un post-it en el espejo con los motivos para asistir, como "ver a mis amigos". Lo que se suele pasar por alto es que incluso esa acción prescrita es, en sí misma, una conversación que la persona sostiene consigo misma. Más aún: mientras el chico me relataba esto, estábamos conversando sobre lo que significaba para él encontrar razones para no solo ir a la escuela si no para habitar la escuela.
De ese diálogo emergió lo importante que resulta nombrar la experiencia y describir cómo se va viviendo. Pero había también algo más: no ir era una decisión que él podía tomar frente a algo que no podía controlar. Él no podía decidir cuándo ocurriría un episodio en el que todo su cuerpo de pronto se paralizaba, ni controlar completamente cómo responderían los demás. Pero sí podía decidir: “hoy no voy”. Y quizá esa decisión, le permitía conservar algo de control frente a un cuerpo impredecible.
Entonces, si nos apresuramos a corregir el “no quiero ir”, ¿qué más estaríamos modificando?
Entonces retomando lo dicho al principio, este adolescente no es solo la que A: tiene una falla B: que hay que corregir. Si no que es A queriendo ser B, es él que tiene que ir a la escuela pero no quiere, que quiere estar con sus amigos pero que no quiere que lo vean con lástima, que puede llegar a la escuela pero que necesita saber que puede sostenerse ahí.
El mayor valor de la terapia existencial no es convencer a los pacientes de los principios que la rigen, si no encarnarlos, una forma de hacerlo es mediante el no saber, abrirse ante lo que se presenta en el encuentro en curso y tratar lo familiar o lo que es entendido y comprensible, como novedoso y desconocido (Spinelli, 2025).
Mediante esto y la relación, lo que se pone en primer plano es quedarse quieto para permitir la descripción al quedarse con las cosas tal como están siendo. Porque el acto de descripción en sí mismo puede cambiar eso que está siendo descrito. Cuando dejamos de exigirle algo a la experiencia, empezamos a ver que hay en ella. Incluso este mismo deseo de cambiar es algo que puede ser explorado, preguntado: ¿qué es lo que te hace querer cambiar? ¿Desde cuando estás así? ¿En qué momento quisieras ser otra? ¿Hay momentos en los que te gusta como eres? Y así es como cuando permitirnos que lo es sea, conlleva no solo una exploración de la experiencia sino una ampliación, porque como dice Stern (2004) el momento presente puede revelar un mundo en un grano de arena.
Spinelli, E. (2025) What sort of therapy is existenctial therapy en: Martínez-Robles,Y. A. (ed.) (2025). Being Therapeutic: Leading Edges in International Existential Thought & Practice. México: Círculo de Estudios en terapia Existencial.
Stern, D. N. (2004). The present moment in psychotherapy and everyday life. W. W. Norton & Company.




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