La adolescencia no tiene por qué ser tan difícil
- ileanaveralazaro

- 27 feb 2019
- 4 min de lectura
La adolescencia tiene el estigma de ser una etapa difícil, no obstante también ha de decirse que es una de los momentos más extraordinarios del ser humano, ya que tiene como tarea principal crear una persona autónoma y diferenciada, capaz de definirse por sí mismo en el mundo, lo que permite a su vez que se relacione de una manera más plena con lo que le rodea.
Este proceso dependerá en gran medida del ambiente en que se desarrolle. El problema es que esta etapa suele vivirse con mucho dolor e incomprensión no solo para los hijos(as) adolescentes sino también para los adultos que están a cargo de ellos(as). Lo que ocasiona que ambas partes, tanto hijos(as) adolescentes como adultos(as) cuidadores, lleguen a ser tan contrarias que se convierten en dos polos totalmente opuestos imposibles de relacionarse.
Muchos y muchas jóvenes están viviendo y experimentando al otro y a sí mismos, por primera vez y por todas porque las experiencias se les vienen en masa, o al menos así lo sienten. La diferencia con el otro y la experiencia propia se viven tan intensamente que está reciente separación los lleva a sentir el peso de su existencia como aislamiento, en la que perciben que nadie siente lo que ellos están sintiendo y a menudo ni ellos mismos pueden definirlo. Es por eso que esperan que el otro esté ahí para darse cuenta de lo que están viviendo. Para muchas experiencias pareciera ser que no tienen un precedente, lo que requiere más tiempo para procesarlas y significarlas. Un adolescente de 14 años se muestra incrédulo al no poder hacer cosas tan simples como hablarles a los demás, y se pregunta -¿Qué no lo hacía antes?- No es que no socializara con los demás anteriormente, es que el desarrollo lo ha llevado al punto de darse cuenta de que es el quien habla y conforma sus propias experiencias. Es decir, él o la adolescente va adquiriendo una consciencia cada vez más delineada de sí mismo a diferencia de lo que fue en la infancia. Al respecto, McConville dice que en el self infantil su relación con el medio es una parte esencial de su verdadera naturaleza, es decir es más vivido que conocido, y aún no muestra una relación reflexiva de propiedad de sí mismo.
La temporalidad también parece jugar un papel importante porque es en este momento donde empiezan a imaginarse a futuro sin por eso dejar de echar un vistazo hacia atrás. Es la transición lo que marca esta etapa y aún así, y como paradoja, solo pueden conformarse como seres individuales si tienen un buen apoyo externo. Un chico lo describe bien al hablarme sobre su ansiedad de tener que ser adulto. Él siente que sus abuelos con quienes vive quieren que se convierta en un adulto y viva solo en algún momento, pero no entiende como lo va a lograr si en las cosas más fáciles no tiene decisión, lo que lo hace más inseguro. A veces pone a prueba a sus abuelos diciéndoles -¿y si me pintara el cabello?- a lo que los abuelos inmediatamente reaccionan diciendo que mientras viva en su casa no puede hacer eso. Mc Conville habla sobre lo que nombra como “hipótesis nula” que es la forma en que el adolescente pone a prueba al adulto para ver si es aceptado como persona con ideas propias, aunque ni siquiera lleven a cabo necesariamente esas acciones. Lamentablemente muchos adultos fallan en esta prueba pues reaccionan y se enganchan con las ideas del adolescente, cuando en cambio podrían aprovechar esa oportunidad para explorar su vida interna con sus opiniones y creencias nacientes, y ayudarlo a pensar un poco más sobre lo que planea realizar. Una forma de hacerlo es trabajando con las funciones del yo, preguntándoles qué opinan de ciertas situaciones, ayudándoles a diseñar un plan para conseguir sus metas, explorando sus creencias, poniendo a prueba la realidad que ellos asumen ej.-¿cómo sabes que todos te odian?- , fomentando la anticipación ej.-¿Cómo te vas a sentir con esta decisión en un mes?-, poniéndose en los zapatos del otro y ayudarlos a considerar sus opciones. Mientras que cuando reaccionamos ante sus ideaciones, se polariza más la relación y el mundo adulto queda muy distante e inaccesible para él o la adolescente.
En el ejemplo anterior, la inquietud del joven acerca de vivir solo en algún momento, se hace más difícil cuando en principio no se le permite ni siquiera habitar su propia mente. Muchas veces comento con los padres y madres de mis pacientes adolescentes que ellos pueden ser responsables de la conducta de sus hijos más no de su vida interna. Esto aplica sobre todo a los padres que en vez de hablar en terapia sobre lo que hacen sus hijos(as), etiquetan todo el tiempo lo que estos(as) son y lo que sienten. Una cosa es que un padre no deje que su hijo se haga un piercing pero otra cosa es que diga que eso lo hace un vago. Esta diferencia les permite visibilizar de alguna forma las proyecciones que hacen en sus hijos y admitir al otro como un ser individual distinto del que tienen responsabilidad. Y no obstante esta responsabilidad implica muchas veces ayudarles a ser responsables y el primer paso para hacer es dar paso a la vida interna del adolescente, sin juzgar.
Nuestra influencia en los y las adolescentes podría basarse en apoyar la construcción de su autonomía, misma que ha ido adquiriendo desde la primera infancia. Las formas en las que se puede hacer esto son diversas pero sobre todo creo que las y los adolescentes necesitan mucho tiempo para practicar las nuevas habilidades adquiridas. Ellas(os) se están probando todo el tiempo pero de igual forma están probando a los adultos encargados de ellas(os). A pesar de que quieren ser independientes y aprender por sí mismos de igual forma están pendientes de que sus padres y madres den cuenta de su existencia. No siempre van a acercarse directamente a pedir ayuda, esto suelen hacerlo más con sus pares, pero les gusta saber que tienen esa puerta abierta y que pueden regresar para fortalecerse, por lo que hay que estar muy pendientes en el momento en que un adolescente nos busca.




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