Los errores como una oportunidad para aprender
- ileanaveralazaro

- 26 nov 2019
- 6 min de lectura
Actualizado: 28 nov 2019
No se en que momento se nos ocurrió que para enseñarle algo a alguien primero hay que que hacerlo sentir peor. Hemos aprendido a través del miedo. La amenaza del castigo a menudo frena nuestra conducta o bien hacemos todo lo posible para evitar el castigo.
La regulación del propio comportamiento por el otro resulta hasta cierto punto necesaria y natural, ya que todos pasamos de una regulación externa a una interna. El adulto hace las veces de un yo auxiliar para un niño que se encuentra en desarrollo y es a partir de la interiorización de ciertas normas que vamos aprendiendo cómo comportarnos. No obstante, estas normas también se pueden volver introyectos difíciles de digerir, cuando nos vemos limitados en el entendimiento de las consecuencias de nuestras actos y al contrario sólo se reproduce en masa una misma forma de ser, en ocasiones rígida y moralista.
Cabe decir que en la adolescencia vemos un rechazo de las normas como nunca antes. Los adolescentes las cuestionan e incluso las desafían, porque piensan que pertenecen al mundo adulto. A ellos les gusta defender sus propias ideas o lo que ellos creen que son sus propias ideas, porque el mayor punto de referencia ahora son sus pares y es por eso que están muy atentos a lo que ellos(as) hacen, con el fin de integrar un sentido diferenciado.
¿Cómo ayudarle entonces a nuestros(as) adolescentes a aprender de sus errores? Porque es un hecho que es una etapa para experimentar y por lo mismo equivocarse. Oscar Wilde decía que la experiencia es el nombre que le damos a nuestras equivocaciones.
En ocasiones seguimos insistiendo en aplicar las mismas medidas que usamos como cuando eran niños(as) y cuando nos cuestionan por qué tienen que hacer algo que les pedimos, nunca falta un adulto(a) irritado por el desafío de su adolescente que conteste “porque yo lo digo”. El problema de cerrar tajamente lo que podría ser un momento de reflexión, es que al hacerlo estamos desaprovechando sus nuevas capacidades para abstraer, hipotétizar y deducir. Si por el contrario nos dieramos a la tarea de fomentarlas, a la larga nos libraría de muchas batallas con ellos(as).
A veces solemos poner la mirada en lo inmediato, en lo que el o la joven es ahora. Pero cuando enseñamos algo alguien en esta etapa tenemos que mirar hacia el futuro. Yo suelo decir que la versión que tenemos de ellos todavía no es la final. Por tanto es fundamental tener claro lo que queremos enseñar al momento de abordar a un adolescente cuando tiene algún problema, o cuando ha cometido un error.
Si lo que creo es que por hacerlo sufrir o quitarle el afecto cuando se equivoque, voy a conseguir lo que quiera del joven puede ser que así sea pero no a expensas de lacerar otra parte de él, como su seguridad y confianza y por consecuente su autonomía. El comportamiento disruptivo podría detenerse pero a menudo solo para complacer al adulto y no perder el afecto, o bien para evitar el castigo. Pero dista mucho de la propia satisfacción de hacer lo correcto y lo peor es que en nuestra ausencia no pueden replicar la misma conducta.
Un día, una maestra me comentó -y luego dicen que el condicionamiento no sirve- Si uno quiere conseguir resultados a corto plazo, el castigo y la recompensa pueden funcionar. Pero si mi deseo es que el adolescente encuentre una forma de autorregularse debo ir más allá, e inculcar lo que deseo para él. Es decir si yo quiero que sea una persona respetuosa y consciente ¿por qué entonces estoy reaccionando con gritos y ofensas? La enseñanza tiene que ser mas intencional y menos accidental. Si nos es imposible calmarnos, entonces tal vez no deberíamos promover un aprendizaje en esos momentos. Cuando respondemos de forma arrebatada, solo estamos estimulando el cerebro primitivo, pero no estamos llevando al adolescente a utilizar su corteza prefrontal, responsable de muchas de las funciones de un “adulto” como lo es regular las emociones, resolver problemas, controlar impulsos etc.
Por esta razón invito a los adultos(as) encargados del cuidado de un adolescente a dirigir estas funciones, considerando la etapa por la que están pasando, de modo que miren la equivocaciones y dilemas de los y las jóvenes, con curiosidad.
Las problemáticas que enfrentan pueden variar dependiendo de la edad. Un niño de 12 años me comentó el otro día -quisiera ir a la tienda sin tener que preguntarle a mis papás si puedo ir, solo quiero avisarles-. En un primer momento cuando lo escuché decir esto, yo misma entre en un dilema. Pensé -parece fácil concederle esto, no está pidiendo gran cosa y haciendo a un lado la inseguridad, podría concederselo.- Otra parte de mi se alarmó y dijo -no, yo tengo que ser quien tenga el mando y si lo dejo hacer esto al rato no tendré control sobre él.-
¿Ustedes que harían en una situación así? Si yo miro con curiosidad podré hacer preguntas, tanto para mi y lo que me provoca, como a mi hijo/estudiante/ paciente también, antes de aleccionarlo sobre el peligro del mundo o lo que significa mi autoridad. Las lecciones para los adolescente ya no son tan efectivas, en su proceso de individuación intentan mantener sus propias ideas y diferenciarse del otro. Lo que menos necesitan es de un padre que se interese más por escucharse a sí mismo al sermonear, que escuchar lo que le pasa a su hijo.
Siguiendo con el ejemplo del niño que quiere ir a la tienda sin pedir permiso, podemos ver que de inicio no ha cometido ninguna fechoría. Y es que a veces ni siquiera la llevan acabo. Pero al anunciarla, nos ponen a prueba constantemente para ver si nos ponemos en su contra. Ejemplo: Una joven de 14 años le pregunta a su madre -Y si me pongo un piercing- Para ellos y ellas, es más fácil en ocasiones poner el dilema afuera, al discutir con nosotros. Si reaccionamos de forma alarmarte o bien damos una cátedra sobre los peligros que eso implica, el dilema podría volverse en una lucha de poder o bien un distanciamiento total del mundo del adolescente con respecto al adulto.
Qué tal si la próxima vez respiramos y decidimos indagar más sobre el deseo que expresan. Podemos decir -Dime más sobre eso, ¿por qué estás pensando en salir a la tienda/ en ponerte un piercing/ en tomar?-A esa edad les gusta expresar su opinión y su punto de vista. A veces suele ser atropellada y tarda en formularse, mientras lo acomodan en su cabeza, pero en mi experiencia si espero lo suficiente y de verdad miro con curiosidad sus motivaciones, siempre encuentro una respuesta de su parte que nos puede llevar al diálogo.
McConville propone una dimensión, común dentro del trabajo terapéutico con adolescentes conocida como la tutela del ego, parecida a la tutela socrática, en la que se impulsa al paciente a detener su proceso y elegir deliberadamente. No obstante, los padres educadores o tutores también podrían utilizar del amplio repertorio de funciones básicas del ego. A continuación se muestran unos ejemplos de ellas:
Describir y etiquetar
¿Dices que tus padres se la pasan peleando y no te prestan atención?
Dices que estás acostumbrado a ser el más relajado de tu familia, ese ha sido tu papel y ahora te da miedo cambiar?
Anticiparse
¿Qué hace la escuela cuando alguien falta mucho?
Imagínate dentro de un mes ¿A dónde puede llegar esto?
¿Cómo te ves en un futuro viviendo con las consecuencias de esta elección?
Poner a prueba la realidad
¿Cómo sabes que un maestro la tiene contra ti? ¿Qué pruebas tienes?
Así que decides huir de casa y logras llegar a otra ciudad ¿y después qué?
Planear
¿Cuales son las cosas que tendrías que hacer si quieres mejorar en tus calificaciones? ¿cual es el primer paso?
Considerar alternativas
¿Qué dice la parte de ti que desea tomar? ¿Que dice la parte de ti que desea abstenerse?
Estos son algunos ejemplos para abordar las problemáticas de los y las jóvenes desde una postura más abierta, más flexible y más acorde a su etapa evolutiva. No existe tal cual una receta que nos diga cómo tratar a un adolescente, pero podemos empezar siendo más conscientes y responsables con la forma como nos dirigimos a ellos. Para eso es importante dejar de enfocarse tanto en el contenido y empezar a concentrarnos más en el proceso.






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