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Conmemoración del Día Internacional de la Mujer

  • Foto del escritor: ileanaveralazaro
    ileanaveralazaro
  • 8 mar 2019
  • 6 min de lectura

Actualizado: 11 mar 2019

Discurso sobre perfección

Cuando hicieron la invitación a la asociación para impartir una plática en este evento, me preguntaba de qué forma podría empezar a hablar frente a un público de mujeres. Me di cuenta que la respuesta era obvia y creo que la mejor manera de empezar a hablar frente a ustedes es aludiendo a aquello que nos une en este momento y es el ser mujer. Pero al menos para mí esta palabra no viene sola porque, en mi experiencia, ha sido a partir de escuchar historias de otras mujeres que he podido asimilar y construir lo que esto significa.

Mi nombre es Ileana, tengo 27 años y soy psicóloga terapeuta. A diario atiendo a mujeres que viven o han vivido una situación de violencia. Y conforme escucho sus experiencias he podido darme un panorama general de la situación de desigualdad que vivimos las mujeres en la actualidad y de las trampas culturales en las que nos vemos constantemente envueltas. Confieso que esta labor ha sido en momentos difícil, pero no lo haría de otra forma. Ahora soy más consciente y al serlo también me siento más libre.

Es por eso que me gustaría hablar en especial de una de las trampas culturales más comunes :

La de la perfección.

Se nos ha exigido ser buenas madres, buenas esposas, buenas amas de casa, buenas hijas de familia y cada vez más buenas trabajadoras.

En una ocasión escuche en la radio cuando hablaban sobre la desaparición de Mara antes de que fuera asesinada, que una mujer se refería a ella diciendo que al parecer era una niña bien, una buena hija de familia. Este comentario en apariencia inofensivo me resulto en realidad bastante perturbador, porque me hizo pensar que la vida de una mujer solamente vale en cuestión de que tan buenas seamos, pero sobre todo de que tan buenas seamos para los otros. La pregunta es ¿qué significa ser buena? y ¿quién lo determina?

Pero no hay que ir tan lejos para responderlo, las propias mujeres nos hacemos custodias de esa perfección, un ejemplo son las suegras quienes se encargan de corregir a la mujer constantemente para que no se salgan de su papel de mujer buena para su hijo. Mientras que eximen de todas sus responsabilidades al hombre, simplemente porque no es un adjetivo que pueda asociarse a ellos. Es decir, los hombres van a ser hombres al fin de cuentas.

Hoy en día tenemos una sobrecarga de responsabilidades, una paciente que acude al centro de atención, tiene que coordinarse entre absorber toda la responsabilidad de sus hijos, trabajar y aparte llevar su asunto legal en contra de su marido, quien la agredió físicamente.

Pero lo curioso es que aún así insisten en tratarnos condescendientemente, como si debiéramos cuidarnos de nosotras mismas, como si fuéramos un peligro para nosotras. Entonces la obra se presenta de la siguiente forma: nos ofrecen un puesto importante, lleno de responsabilidades y retos, como lo es ser madre, esposa, hija y trabajadora, y aun así ellos y/o ellas siguen insistiendo en poner la reglas y decir cómo habremos de hacerlo.

El problema se complica cuando la perfección lleva a su vez un síntoma aliado, la culpa, y de esta forma se completa el sometimiento. Porque ya no hace falta que el otro nos diga lo mal que estamos, basta con mirar hacia adentro y encontrar un sin fin de cosas que terminamos cargando en nuestro cuerpo cansado, exhausto de tantas exigencias imposibles de cumplir.

Entre tanta perfección es difícil que lleguen y lleguemos a vernos realmente como somos. Porque se nos olvida que ante todo somos humanas con una historia única, somos nuestras propias necesidades, deseos, anhelos, pero también somos nuestro cansancio, errores y hartazgo.

Lo que me lleva a hablar del siguiente asunto…

La idea de ser siempre ha sido en relación a alguien más. En la medida en la que demos al otro mejores seremos. Miller (1996) dice que “se nos enseña que es mejor dar que recibir, que cuando demos, recibiremos más de lo que hemos dado” (p.91). Es por eso que muchas veces nos definimos a partir de lo que damos, lo que al final se revierte contra nosotras porque terminamos cediendo gran parte de lo que somos.

¿Pero que es eso que cedemos a los demás? Nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestros logros, nuestros sentimientos, nuestra capacidad para razonar y nuestro cuerpo.

Me gustaría ahondar un poco más en esto último y para eso les contaré una experiencia personal.

En una ocasión entre sola a un restaurante y unos hombres me empezaron a mirar de arriba a abajo. Pedí algo de tomar, me senté en una mesa y su mirada seguía puesta en mi. Al final dijeron con cierto recelo y osadía -no sé por qué hoy en día las mujeres eligen estar tan delgadas, como si creyeran que así nos van a gustar.- Sin medir su volumen de voz y con una copa en la mano se sintieron capaces de juzgar mi cuerpo, de reprocharlo y decir qué era lo más adecuado para ellos.

Esto me recuerda a una frase de Marcela Lagarde:

La base del ser para otros es ser cuerpo para otros, cuerpo erótico para el placer de otros, cuerpo estético para el goce de los otros; cuerpo nutricio para la vida de los otros, cuerpo procreador para la vida de los otros. Las mujeres en el mundo patriarcal son valoradas, reconocidas, solo y siempre que sean cuerpo para otros.

Porque… ¡claro! una mujer siempre está a la espera de que le digan quién debe ser y sobretodo a partir de su cuerpo, como si cada una de nosotras debiera ser vista por una mirada masculina para empezar a ser. *tono sarcástico*

Sin embargo, ese momento no me afectó como lo esperaba. En cambio se hizo más fácil para mi entender la situación. Ya no era yo quien me estaba diciendo eso como muchas veces antes lo hice, entendí claramente de dónde provenía todas esas auto-exigencias.

En ese momento supe que si yo no estaba de mi lado, nadie más lo iba a estar. Que si yo no aprendía a verme con mis propios ojos utilizaría las únicas formas disponibles en la sociedad para verme, como lo es el reducir nuestro cuerpo a un mero objeto sexual. Desde entonces he intentado repetirme lo que mi madre me dijo un día cuando sentía una ansiedad extrema por mi físico. -Eres más que eso- y ahora intento respirar aliviada al sentir la profundidad que hay en mi. Porque como decía en el principito: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.” Hay que sentirse para poder verse.

Así que les pregunto -¿Con que ojos se ven a ustedes mismas?-

El tratamiento psicológico con mujeres que viven violencia, me ha exigido poner a revisión mi propio sentido de ser mujer para ayudarlas, por lo que tenido que confrontarme ante mis ideas, mis creencias y se ha hecho evidente aquello que daba por hecho, tanto mis privilegios como limitaciones en el ejercicio de ser mujer. Pero también me he atrevido a poner la mirada todavía más lejos, en lo que deseo para mi y para otras mujeres, en un porvenir en en el que podamos definirnos a nosotras mismas. Lo mismo han tenido que hacer otras mujeres que nos preceden y que han marcado un camino para que el día de hoy nos abramos al diálogo y nos repensemos. Porque creo que lo más peligroso en el hecho de hablar sobre nuestra identidad como mujeres es actuar nuestro papel sin detenernos a pensarlo. Necesitamos saber quiénes somos, quienes han sido otras pero igualmente quienes queremos ser. Para esto es necesario un “desdoblamiento crítico de nuestra identidad tradicional.” (Largarde, 2000). Porque de lo contrario corremos el riesgo de repetirnos. Si nosotras no empezamos a decir lo que somos, no faltará alguien que en detrimento de su poder venga a decírnoslo como lo han hecho antes, a veces con devaluaciones: “tú no puedes”, “sin mi no vas a poder salir adelante”; otras veces con frases deterministas “pero tú eres mujer”, cuando llegamos a cuestionarlos de por qué ellos hacen ciertas cosas y nosotras no podemos hacerlas; y otras mucho más sutilmente con la apariencia de cuidado y protección “lo hago por tu bien” que solo termina frenando nuestro desarrollo y curiosidad.

Es por eso que hoy les pregunto ¿quiénes somos?

Somos fortaleza más no perfección. Porque para ser fuertes necesitamos saber poner nuestros propios límites.

No tenemos un cuerpo, somos cuerpo. Sartre decía “no puedo avergonzarme de mi propio cuerpo porque existo en él, es mi cuerpo para las otras personas lo que me avergüenza.” Es por eso que propongo que nos hagamos de nuestro propio cuerpo, no como una propiedad objetivizada sino como una experiencia del sí mismo.

Kepner dice que cuando hacemos de nuestra experiencia corporal un “eso” en vez de un “yo” nos hacemos menos de lo que somos. Nos disminuimos. Mientras más hemos separado nuestra identidad de la propia experiencia corporal, más cosas “parecen sucedernos” en vez de que las hagamos suceder.

Y por último somos nuestra propia libertad. Como Simone De Beauvouir escribió: "Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que sea la libertad nuestra propia sustancia."

Dicho todo esto nos recomiendo revisar y reconocer nuestra experiencia corporal: lo que sentimos, lo que deseamos, lo que nos duele, lo que necesitamos y lo que nos excita. También debemos cuidarnos, reconocer nuestros límites, decidir lo mejor para nosotras. No para ser perfectas, no para los demás, si no para lograr convertirnos en nosotras mismas.

 
 
 

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